viernes, 25 de junio de 2021

viernes XII del tiempo ordinario

 + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo

                                              Mt. 8, 1-4


Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. Entonces un leproso fue a postrarse ante Él y le dijo: «Señor, si quieres, puedes purificarme». Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». Y al instante quedó purificado de su lepra. Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio».

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La enfermedad aqueja al hombre de muy diversas formas y en cualquier intervalo posible de su vida. Muchas enfermedades pueden estudiarse y medirse para encontrar una cura, un tratamiento o una manera de atenuar sus efectos negativos sobre las personas. No todas las enfermedades son consideradas graves objetivamente pero sin duda tienen muy distinta mirada y significación entre quienes las padecen. Cuando la enfermedad es discapacitante, en el amplio sentido de la palabra, los valores de la humanidad auténtica suplen los huecos del conocimiento finito. El hombre recurre a su interior y busca, de manera consciente o no, en el exterior, el abrazo y cobijo del amor que tiene rostro de padres, hermanos, amigos, etc. A veces la enfermedad evita en parte o totalmente el raciocinio; otras es un mundo diferente, donde no existen los colores ni los sonidos ni la voz propia muchas veces... En las formas más agresivas, la enfermedad nos hace preguntarnos ¿Cuál es el sentido de la vida? La respuesta solo puede ser Dios y el criterio parte siempre de la fe.

No puedo hablar un idioma que no conozco, ni pretender que se entiendan estas cosas que son nuevas para muchos que las leen o escuchan de mi voz. Voy a limitarme a hablarle a quienes entienden esta «lengua» de la fe, pero jamás dejaré de ingeniar formas para que los nuevos puedan, un día, leer esta fe en sus propios corazones.

En el texto del Evangelio de Mateo que hoy nos propone la liturgia hay un acontecimiento. Es un hecho corriente en aquel tiempo puntual, según dicen las Escrituras, pero no seguramente para aquel hombre con lepra que se acercó a Cristo con toda su fe. En efecto, una multitud seguía al Maestro que bajaba de la ladera de una montaña en Galilea frente al mar Tiberíades. Allí, momentos antes, Jesús pronunció su muy conocido discurso «el sermón de la montaña» también llamado «discurso de las bienaventuranzas». En ese discurso que dio a la multitud Jesús llama bienaventurados a quienes sufren, a quienes ayudan y a aquellos que viven el Evangelio. Dijo, entre otras cosas, «felices los afligidos, porque serán consolados», también «felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia» y «felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios». Los enfermos están afligidos; no son «leprosos», sufren de lepra (que es muy distinto), porque son mucho más que personas afectadas por una enfermedad, son humanos. Son únicos, amados por Dios y los suyos; tienen un espíritu y una vida que expresa muchísimo más que sólo el dolor visible, respetable y, en cierta forma, compartido por sentido humano.

Si Jesús «tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades» los cristianos no podemos menos que seguir su ejemplo y acompañar a los que están afligidos por la enfermedad o el sufrimiento. Quienes practican la misericordia hacen presente a Dios en este mundo lleno de enfermedad, penas y vacío. La misericordia humana proviene de uno de los dos manantiales posibles: la inocencia santa o la experiencia del combate interior. La primera es propia de los santos de Dios y no excluye a la segunda; esta otra, más frecuente, es más propia de la mayoría de los cristianos que damos testimonio de fe firmado con la propia vida puesta a la luz del Camino. Esta es la misericordia que quiere Dios: vivir el Cielo en este mundo, haciendo presente al Altísimo, con valentía y lealtad cristianas; no el espejismo de un cielo ritualístico, farisaico. Que el ritual sea, entonces, coronación del ofrecimiento de nuestras vidas, no un simple acto cotidiano de falsa alabanza. Esta es la misericordia que brota del eterno Sagrado Corazón y nosotros recibimos, no para guardarlo mezquinamente sino para llevarlo a aquellos que lo necesitan, a quienes buscan ese abrazo y cobijo del amor, a esos valores de la humanidad elevados a la talla divina de las virtudes cristianas (teologales, cardinales, de don) Un corazón puro es ese que emana benignidad, ya que la simple bondad no es suficiente para vivir según Dios. ¿Puede un pecador ser benigno? ¿no somos, acaso, todos pecadores salvo la Santísima Virgen Madre?; la benignidad se fragua en la experiencia y es siempre posible mientras esa llama interior, que es Dios habitando en sus hijos por la gracia, no se apague o debilite irremediablemente por nuestra libre voluntad.

Jesús bajó de la montaña y se encontró con este hombre que sufría de lepra; el hombre tenía fe y postrado ante el Salvador le dijo «Señor, si quieres puedes purificarme». Ya en otros lugares dentro del Evangelio Cristo señalará que la fe salva y cura. Lo miró y lo quiso; ese hombre no era uno más en la multitud, era él, un hombre creado y querido por Dios, como todos nosotros y cada uno de nosotros somos amados y queridos, nombrados y llamados, cuidados y guiados por Él. Extendió su mano tocándolo. «Lo quiero, queda purificado». El hombre se sanó. De solo imaginar ese instante, de solo ponerme en las sandalias del hombre con lepra se estremece mi espíritu pensando en la voz de Dios y en sus palabras, en la salud recobrada y en el amor de su mirada..., y pensar que comulgamos al Señor cuando nos acercamos a la Eucaristía... pero volvamos de las digresiones, que estamos en Galilea ahora, contemplando este milagro de vida. Jesús lo sanó y le advirtió «no se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio». Lo envió a los sacerdotes para que, constatando el milagro de sanación, pueda tomar parte en el culto de la sinagoga (los «impuros» no podían acercarse a la gente, mucho menos podían asistir a los actos litúrgicos). Dios le dio a este hombre 3 libertades: la de aceptarlo o no, la de la cura de la lepra y la de poder volver a la sinagoga a rendir culto. La omnipotencia es (por voluntad, no por naturaleza divina) inferior al amor del Creador, por eso decía el Apóstol Juan «Dios es amor»... Jesús no obligó a guardar silencio a quienes sanó; muchos de ellos sí contaron lo sucedido a otras personas.

La enfermedad puede ser física, mental o espiritual. La lepra hoy tiene cura; otras afecciones físicas no la tienen. Muchas enfermedades son raras por su baja frecuencia en la población mundial y dentro de ellas las hay genéticas, neurológicas, inmunológicas, combinadas, etc. En la actualidad existen muchos hombres y mujeres con enfermedades aún más complejas que la lepra, y a ello se suma la covid-19, cuyo origen es incierto aunque sospechado. En Argentina se celebró hace pocos días el primer congreso de enfermedades poco frecuentes. Al mismo tiempo, muchas personas mueren por infección de SARS-CoV-2 y faltan segundas dosis, dosis para cubrir la vacunación de toda la población, conciencia moral de los gobernantes argentinos, etc. Muchas enfermedades mentales no tienen cura. Hay legisladores que defienden la vida humana y uno de ellos padece ELA. Las paradojas pueden proyectar el caos en nuestro horizonte si no sabemos ver más allá de él... Las enfermedades espirituales, esa ciénaga de vicios y pecados, tienen el mejor pronóstico aunque su gravedad pueda invalidar cualquier gota de alivio aunque se experimente la cura de otra clase de enfermedad. Es que, si existe voluntad y constancia, «aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve». La clavede la vida, su sentido, trasciende la dolencia y el sufrimiento. Es el amor desasido, confiado y sereno, sabio y maestro que sabe de la lucha y se dona combatiendo la desesperanza. Porque en el amor se alcanza la fe y en la fe se descubre la más sólida esperanza.

En el espíritu del hombre con lepra había amor, fe y esperanza, virtudes que lo movieron a postrarse delante de Jesús y a llamarlo «Señor», rogándole con el alma y la carne, en profunda humildad, a ese Dios que es Amor.

En nuestro espíritu se escriben las batallas de esta vida, tengamos o no una enfermedad. Pero las indefectibles heridas del alma son esa debilidad que se torna fuerza en El Señor, que nos enseña a combatir venciendo, primero nuestro letargo y tristeza y luego nuestros temores y desesperanza. Él, que escudriña los corazones, nos toma de la mano y nos sumerge en nuestras propias profundidades para encontrar su luz y sabiduría. Así podemos seguir el camino con pie firme, así, sabiendo que nuestra fuerza es el Señor y que ni las penas, ni los vicios ni el pecado pueden matarnos si depositamos confianza y voluntad constantes en la Cruz del Salvador. Y la Vida es conocer a Dios y alimentarse de Cristo.

Recordemos, cristianos, lo que nos dice el Verbo: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos». Aprendamos. Todos necesitamos a Dios, pero no basta con decir «¡Señor, Señor!», la conversión nos requiere como hijos por entero; debemos andar de continuo como Él anduvo, siendo verdaderos discípulos. Entonces, cuando los hijos tomen su lugar en el Reino, que está acá presente, la enfermedad será sanada u ofrecida a Dios con el ser transformado por la fe de los que predican en contrición y llagas el Evangelio del Señor.


Dedicado a mis padres, hermanos y a mi tío Salvador «Tito» fallecido por covid-19

domingo, 11 de abril de 2021

Fiesta de la Divina Misericordia

MISERICORDIAM VOLVI ET NON SACRIFICIVM ET SCIENTIAM DEI PLVS QVAM HOLOCAVSTA

sábado, 26 de diciembre de 2020

Fiesta de San Esteban, protomártir

 +Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo

                                                                       Mt. 10, 17-22

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “No se fíen de la gente, porque los entregarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas y los harán comparecer ante gobernadores y reyes, por mi causa; así darán testimonio ante ellos y ante los gentiles. Cuando los arresten, no se preocupen de lo que van a decir o de cómo lo dirán: en su momento se les sugerirá lo que tienen que decir; no serán ustedes los que hablen, el Espíritu de su Padre hablará por ustedes.

Los hermanos entregarán a sus hermanos para que los maten, los padres a los hijos; se rebelarán los hijos contra sus padres, y los matarán. Todos los odiarán por mi nombre; el que persevere hasta el final se salvará”.

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En tiempos en que la humanidad entera enfrenta al enemigo invisible y verdadero de la enfermedad; como también al miedo por la afección del prójimo, al aislamiento, a la desesperanza ante el avance constante del virus SARS-CoV-2 y al frío desarraigo del espíritu sociable inherente al género humano. Espectantes, con desasosiego y a la espera de una vacuna efectiva que acabe con el escollo de esta pandemia que ya lleva cerca de un año calendario imponiendo su anómalo y dañino statu quo.  En tiempos de dolor, enojo, incertidumbre y prueba el Señor toma para sí esta frágil naturaleza humana y quiere nacer doblemente exiliado esta Navidad; en un pesebre a pesar del frío, la hostilidad de su pueblo y los temores de la Virgen Madre o de San José.

El Dios de Abraham no abandona a su pueblo, no se desentiende del hombre por Él creado, sino que educándolo pacientemente y siempre cerca suyo espera sus pasos con los brazos extendidos para tomarlo en brazos en la Persona de Cristo. Porque cada vez que la Iglesia celebra el Nacimiento del Salvador, en un tiempo y unas circunstancias históricas concretas, la realidad del hombre (quien constata, inmerso en Dios por la Eucaristía, la asistencia divina) torna lágrimas amargas y gemidos en copioso río dulce de oración y alegres himnos ya en brazos de un Padre que sonríe triunfal. Es una realidad inexacta sin la fe porque coloca al hombre en el riesgo de la desesperanza, justo en el precipicio de la pereza; mientras que el verdadero sitio es la providencia divina, la Misericordia  y la salvación. Es una realidad desafiante de la verdad si a nota de engaño (muy propia del mal) se juzga ruina donde el combate es campo, es decir, se da por sentado la derrota cuando verdaderamente la crudeza de la lucha permanece y nos fortalece de lecciones, descubrimientos, autoconocimiento y experiencia, tan valoradas armas con las que aún los simples prudentes pueden acertar la volitiva perseverancia (¡y cuanto más los cristianos, a quienes nos es evidente el llamado a la perfección universal!).

Este día de celebración es la Fiesta de San Esteban, el primer mártir de la fe católica. Su servicio diaconal (junto con el de sus 6 compañeros electos por la Iglesia) permitió a los Apóstoles dedicarse a la oración y a la predicación de la Palabra. En ese tiempo la persecución contra los hijos de Dios era tal que se buscaba cualquier excusa para condenarlos a muerte sin juicio verdadero ni justicia. Tal fue el caso del santo que padeció lo que el Señor había advertido y se lee en el Evangelio hoy aunque fue asistido por el Espíritu y los judíos no pudieron hallar argumentos contra él, dada su sabiduría cuando hablaba. Ante la realidad amenazante de la muerte en boca y manos de aquellos energúmenos que aún en vida estaban muertos, Esteban no dudó del uxilio prometido por Cristo ni renunció a la fe verdadera.  En el instante de su martirio, mientras lo apedreaban, no se corre de la verdad, sino que se autoconoce y reconoce uno con Cristo y experimenta, a imitación de Cristo, la inminente gloria y el perdón de sus verdugos.

Con Jesús comenzamos este nuevo año cristiano fortalecidos en la fe y esperanza que el mismo Amor graba en la humanidad con latido humano y corazón divino. El misterio de la Encarnación es don y llamado de y a la vida nueva, eterna junto a Dios. Cristo no vino como ángel, no quiso obrar la salvación de todos los humanos desde un estado celestial, sino que "sobre la montaña los pasos del que trae  la buena noticia" descendieron con cuerpo de hombre para redimir a cada persona, a cada hombre y mujer libres de dar el paso de aceptar la Palabra y el Camino. Por eso, ante la faz amenazante de la muerte la Vida misma nos viste de sí misma en Jesús. El Evangelio no nos corona de oro y joyas, sino de espinas de este mundo y nos hace cristianos como a San Esteban, ya sea en el feliz servicio de la Iglesia o en la máxima entrega de la cruz. En estos tiempos en que la perseverancia cristiana vuelve a ser signo del Amor en la unidad y en cada comunidad dentro de la Santa Iglesia demos el fiel y concreto testimonio de ser dignos de Jesucristo, nuestro Salvador, en cada realidad cotidiana y en cada uno de nuestros corazones, mentes y manos. Que podamos ser, esta octava y este tiempo, ejemplo y luz del mundo para el prójimo, para su conversión en la paz del Evangelio. Así esperamos la victoria completa que ya sabemos de la Palabra de Dios que permanece con nosotros.