jueves, 2 de mayo de 2019

San Atanasio, Obispo y Doctor de la Iglesia


+Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo
                                                                       Mt. 10, 22-25

Ustedes serán odiados por todos a causa de mi Nombre, pero aquel que persevere hasta el fin se salvará.
Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra. Les aseguro que no acabarán de recorrer las ciudades de Israel, antes de que llegue el Hijo del hombre. El discípulo no es más que el maestro ni el servidor más que su dueño.
Al discípulo le basta ser como su maestro y al servidor como su dueño. Si al dueño de casa lo llamaron Belzebul, ¡cuánto más a los de su casa!.
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Como antorcha fulgurante de la antigua alejandría, San Atanasio, Obispo y Doctor de la Iglesia, iluminó en la Iglesia la inteligencia del rebaño con la luz de la Verdad para que los hombres de fé no se extravíen por las arenas muertas del mal y los que pactan con la mentira se vuelvan sobre sus sombras sin poder ser piedra de tropiezo para el fiel peregrino.
La memoria de los santos nos ayudan a recordar y tener peresente en nuestro hoy las sendas que el cristiano debe seguir en fiel proceso de imitación cristiana. Siendo Así San Atanasio es el ejemplo más sobresaliente de la Iglesia de los primeros tiempos por su fe y doctrina magistrales. En tiempos del arrianismo (secta que negaba la divinidad de Jesús) supo señalar con ciencia y verdad los errores de su época y la verdad de Dios.
En uno de sus escritos nos habla sobre la Encarnación del Verbo, solo leerlo esclarece con toda plenitud algunas cuestiones que son propias de la teología al tiempo que da fundamento sólido de la fe siendo la verdad misma sin más, aunque algunos mortales de todos los tiempos se empecinen en inventar doctrinas falsas. Dice San Atanasio: "[...] el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.
Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya apoder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación". Estas palabras debieran servirnos para poder detenernos a reflexionar y meditar en este tiempo de Pascua el significado profundo de la Redención, esto lo logramos leyendo y releyendo las palabras de este santo Doctor.
Así como en la antigüedad, hoy tenemos nuestros arrianos y errores dispersos por el mundo y entre nosotros. La importancia de la patrística es evidente cuando parece en ciertos puntos de la historia se repiten y hasta se agravan algunas cuestiones que fueron tratadas en el pasado. Hoy debemos hacer frente a cuestiones nuevas y algunas que se arrastran. Cuando en la cotidiana vía no hay más que trabajo y quehaceres domésticos los cristianos no se detienen a leer a los santos ni al Papa, es entonces cuando entra en escena la capacidad del presbítero para acercar estas luminarias, como San Atanasio, para alimentar al pueblo con la luz de la Verdad en la voz de los maestros de la verdad. En palabras actuales se puede decir la Palabra, el desafío es hoy, no mañana, para poder hacer frente a nuestros problemas (sí, nuestros, porque somos nosotros quienes debemos llevar el Evangelio a todas las personas) es necesario tener un fuerte vínculo  con el esqueleto de la fe, las Sagradas Escrituras, la Tradición entendida de un modo NO lefebvrista ni pintada con ningún error aberrante como ese, el Magisterio y además la lectura frecuente de los santos junto a la oración y sobre todo, precediendo, la Eucaristía. La fe no se mide en prácticas vacías, sino en vida caminada, en caídas registradas y procesos de crecimiento espiritual más que en estampitas de piedad externa. Hoy es necesario hacer camino de santidad universal en el apoyo de las huellas que nos dejaron los santos Doctores para la vida de todos los días. Una Iglesia de pie y evangelizadora es la que, como San Atanasio, enseña sin miedo ni pudor la Verdad al tiempo que late en corazón cristiano, de Cristo, no de apariencias. Sabemos que la vida de este santo no fue fácil ya que enseñar la verdadera doctrina le conyevó duras penas en el exilio; aún en el exilio saben los santos sacrificar las lágrimas para alimentar a los peces que llevan el nombre cristiano, con todo lo que conlleva una lucha que antes de ser a fuerza de armas mundanas es a fuerza de disciplina y profundo diálogo con la Trinidad misma, esto es oración y meditación ante y pos contemplación. Muchos no aceptarán el Evangelio, pero el camino que tiene Dios para cada uno es desconocidos a los ojos mortales; nuestro deber es ser luz de las naciones, no jueces ni dioses. "Al discípulo le basta ser como su maestro, y al servidor como su dueño". Amén.

domingo, 21 de abril de 2019

domingo de Resurrección en la Pascua del Señor



Cristo, ayudanos a serte fieles hasta el fin; danos la fortaleza para continuar el camino y que el mundo no nos demore la oración en tu amor santo.

miércoles, 17 de abril de 2019

miércoles santo




+Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo
                                                                       Mt. 26, 14-25

Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me darán si se lo entrego?”. Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Ázimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: “¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?”. Él respondió: “Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’”. Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: “Les aseguro que uno de ustedes me entregará”. Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: “¿Seré yo, Señor?”. Él respondió: “El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”. Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: “¿Seré yo, Maestro?”. “Tú lo has dicho”, le respondió Jesús.

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Judas, uno de los doce, maquinaba la traición más aberrante de la historia de la humanidad: entregar a Jesús para que le den muerte. Con total libertad, y sin ninguna obligación ni influencia en su conciencia se decidió a buscar una "ocasión favorable para entregarlo", y lo hizo a cambio de 30 monedas... En el mismo capítulo de este Evangelio, San Mateo nos cuenta que los sumos sacerdotes y los ancianos, reunidos en la casa del sumo sacerdote a cargo, Caifás, conspiraban por su parte para matar a Cristo. En el transcurso de la última cena, el Señor declaró que entre los doce, uno de ellos lo entregaría, e hipócritamente Judas Iscariote le preguntó si sería él, a lo que Jesús le respondió en voz baja afirmativamente. Él debio haber hablado en voz  quizá desde su dolor al ver el odio que llevaba en sí aquel traidor que se unía a los que lo odiaban por no reconocer al Mesías (sus mentes estaban llenas de vanidad, ansia de poder y ambición de todo tipo).
Recordemos en este día nuestro nombre cristiano, nuestro compromiso con Jesús, de manera personal y comunitaria. Así como Jesús, nosotros vivimos en el mundo de hoy tan amenazados real y potencialmente como lo estuvieron también los apóstoles y los mártires de antes y de hace unas horas. A veces nos traicionan los nuestros, cuando vemos tantos católicos que habiendo sido bautizados hoy celebran, sin saber quizá lo que hacen, el incendio de la aguja y techo de Notre Dame de París..., algunos de ellos no saben qué significa ser de Cristo, pero creen cosas que les inculcan los que pasan por la vida con el error a pulso y espíritu. También debemos contar como traidores directos a Cristo a todos los que debiendo cumplir una responsabilidad se comportan como amigos del Enemigo y cometen aberraciones contra los más pequeños hijos de Dios. Entre los que nos atacan hoy están los que no conocen a Dios ni se molestan por acercarse a Él. Hay mucho por allí y por aquí, y aún en nuestro propio corazón para depurar en esta Semana. Tenemos la Cena, pero no todos se alimentan, algunos solo tragarán su vacío espiritual tristemente. La fe no descansa, vive cada día a cada minuto en nuestro ser configurado con Jesús; sin Eucaristía esto es imposible. Él es el motivo de nuestro ser cristiano, creemos en él, no en la muerte, no en las sombras que desfiguran la fe auténtica. Cristo destruyó la muerte con su Resurrección, y ya no hay forma de volver a la esclavitud que nos ataba si ponemos nuestras vidas personales en sus manos. De los que traicionan al Señor, ya sabemos su suerte, pero no debemos más que crecer en caridad verdadera, en espíritu de hijos unidos a la Trinidad, en obediencia y en conocimiento de Jesús; nuestra vocación mira a heredar una bendición, bendigamos entonces a los que nos maldicen, porque hoy mismo debemos dar testimonio de Dios, no de la carne. El mundo debe conocer el Evangelio brotado desde nuestra alma espiritual, desde todo nuestro ser y plasmado concretamente, precisamente en la vida, aunque esto conlleve dolores de todo tipo y en toda circunstancia, aunque el martirio mismo se avecine de forma literal. No hay nada más hermoso en todo lo que existe que sentir de vivo fuego espiritual el abrazo indeclinable de la Santísima Trinidad, sobre todo en estas fechas en que salimos de las casas a dirigir nuestra oración al cielo para vivir como hermanos verdaderos la fe verdadera.
Ya casi parece que estoy a sus pies, pero el Señor mis pies me besa, para enseñarme su Amor y constituirme discípulo para siempre; ya casi parece que escucho esa voz, y el miedo se pasa si Él toma mi mano con las manos de mi hermano..., ya casi es el día de salvación, Jesús reconstruirá en tres días lo que el mal quiso callar con treinta monedas. Nada puede detenernos estos días, nada, ni la muerte. Él vence y nosotros en Él.