viernes, 3 de junio de 2016

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús


+Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas
                                                                          Lc. 15, 3-7

Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola: Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido". Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

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En este año de la Misericordia celebramos hoy al Sagrado Corazón de Jesús. Nos llama el Señor en el Evangelio a ser misericordiosos con el otro, a buscar a la "oveja perdida" tanto en el sacerdocio ministerial como en el sacerdocio universal de los hijos de Dios. Todos los cristianos estamos convocados por el Señor a llevar la Buena Noticia y a sanar las almas con el Agua viva que es Él mismo. Así podemos expresar en metáforas lo que debemos obrar en concreto a saber: asistir al prójimo que necesita conocer a Jesús y ayudarle en las necesidades básicas de todo humano. El Corazón de Jesús no se puso límites, y como dice San Pablo en su carta a los romanos, difícilmente alguno pueda dar la vida por otra persona, a lo sumo por algún bienhechor, pero Cristo dio su vida en la Cruz por la humanidad entera, aunque en ella hubieran hombres como Judas Iscariote, Barrabás, los fariseos, etc. Y es que Cristo ama a la humanidad y quiere una y otra vez que los que se perdieron vuelvan al camino que lleva a Dios y al camino que agrada a Dios. El Señor es claro en esta parábola que dedica a los que están perdidos: Dios no se alegra con tener 99 justos, sino que busca tener los 100 justos y vivir con ellos para siempre en perfecta alegría y felicidad. Busca al que se desvió sin cesar, llamándolo al corazón; el Corazón del Señor toca nuestros corazones en todo momento para aliviarnos en tiempos de sufrimiento y para llamarnos a ser amigos de nuevo cuando nos hemos alejado.
El corazón de Jesús es sencillo y es humilde, no pretende la perfección del hombre, Dios sabe que somos limitados, y nos quiere aún con esas limitaciones. Lo que quiere Dios es que el hombre se salve de la muerte, de la muerte eterna, por eso nos propone seguir un camino de santidad que comienza de una pequeña llama pero que va creciendo en la medida en que nuestro compromiso con Él madure.
Cristo nos pide compromiso con el Evangelio, nos da la oportunidad de volver a ser hijos, de volver a ser de Dios y llama a cada hombre y a toda sociedad actual a comprometerse con la vida cimentando la vida misma en Él que es autor de la vida. Nuestro compromiso como católicos parte de lo personal, asistiendo a Misa para tener en nosotros a Jesús, y llega hasta la vida comunitaria en la sociedad misma, donde el Corazón de Jesús es desconocido, olvidado o menospreciado. Muchas veces somos nosotros con nuestro ejemplo de vida los que mostramos el camino que lleva a Dios. Muchas veces los que ignoran o son indiferentes de Cristo en realidad nunca lo conocieron. Es un deber evangelizar a todos sin centrarnos en la propia voluntad, movidos, sí, por amor a Aquel que tanto nos ama.
La parábola de la oveja perdida, nos señala hoy el plan de Dios, que es Amor, y ese plan no es el plan del rencor, del odio o de la soberbia, al contrario, es el plan de la Misericordia. Por eso necesitamos meditar en el Corazón de Cristo todas nuestras antiguas perezas y nuestros actuales prejuicios contra el prójimo: todos están llamados a acercarse al corazón de Jesús, todos, sin excepciones. No debemos juzgar nada como perdido, porque esa no es una posición cristiana, aún de los máximos pecadores Dios ha construido santos, como el célebre caso de San Pablo, de San Agustín, y tantos otros. Buscar a la oveja perdida es tarea de todo pastor, pero también, en su debida medida, de todo cristiano. Esto tiene especial relieve hoy, cuando hay tantas familias llenas de conflictos que pueden parecer irresolubles, y sin embargo, la oveja perdida, que es toda la familia, debe motivarse del Evangelio y de los ejemplos de la Virgen María y los santos para alcanzar la paz que quiere el Señor para sus vidas. Los enojos y las discusiones egoístas (centradas en la postura intransigente e irreflexiva) son los primeros enemigos de la paz. Llamémonos a conocernos y conocer al otro para superar las discordias y animar la vida en armonía con Dios y su plan de amor. Muchas veces sentenciar sobre el otro es un acto del que luego nos arrepentimos, porque somos muy ágiles para determinar la suerte del hermano, pero muy reacios a autoevaluarnos y conocer y comparar nuestra existencia y problemas con lo que puede sucederle a ese otro que tengo bajo el martillo. No siempre los desvíos son amistad con el mal, el mal se vale de esos desvíos de la voluntad siempre, pero no todo desvío supone la pérdida absoluta; que si alguien se pierde, debe ser encontrado, pensando como pensó Cristo cuando dio su vida por la humanidad, pensando que ese otro no es muy distinto de uno mismo, porque compartimos la misma esencia, y por lo tanto también podemos pasar por las sombras de la muerte. Salgamos decididamente de nuestro yo cerrado y busquemos qué modos tenemos a favor para llegar a salvar las vidas que Jesús lleva en su Corazón.

lunes, 30 de mayo de 2016

lunes IX del tiempo ordinario

+Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos
                                                                         Mc. 12, 1-12

Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y les dijo: "Un hombre plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. A su debido tiempo, envió a un servidor para percibir de los viñadores la parte de los frutos que le correspondía. Pero ellos lo tomaron, lo golpearon y lo echaron con las manos vacías. De nuevo les envió a otro servidor, y a este también o maltrataron y lo llenaron de ultrajes. envió a un tercero, y a este lo mataron. Y también golpearon y mataron a muchos otros. Todavía le quedaba alguien, su hijo, a quien quería mucho, y lo mandó en último término, pensando: 'respetarán a mi hijo'. Pero los viñadores se dijeron:'Éste es el heredero: vamos a matarlo y la herencia será nuestra'. Y apoderándose de él, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña. ¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, acabará con los viñadores y entregará la viña a otros.
No han leído este pasaje de la Escritura: 'la piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: esta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos'?". Entonces buscaban la manera de detener a Jesús, porque comprendían que esta parábola la había dicho por ellos, pero tenían miedo de la multitud. Y dejándolo, se fueron.
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Codex Aureus Epternacensis
Eta parábola habla claramente de los profetas y servidores que Dios ha enviado desde que el hombre quedó sujeto a la muerte. Narra en breves lineas la relación entre Dios y los hombres: un Dios que busca frutos de la viña que plantó, la vida, pero recibe rechazos de parte de los que por Él fueron creados. El énfasis que Cristo da a esta parábola atina a los allí presentes, exactamente a los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, que creyendo tener la autoridad desoyen las señales y la voluntad de Dios. Cristo es el último que vino: el hijo, en realidad el Hijo de Dios, pero lo crucificaron. Las escrituras hablan de Él en todas partes, y sin embargo, los viñadores permanecen obstinadamente ciegos.
Hoy podemos estar lejos de creernos superiores a Jesús, sin embargo hay quienes así lo creen. No sólo están lejos los que prefieren alejarse, lo más grave es que se distancien de la voluntad de Dios aquellos que tienen una responsabilidad explícita sobre la viña del Señor. Las oraciones de los justos tienen efecto, dirá Santiago, pero la fe sin obras está muerta, había dicho antes... Todo se resume en la caridad, en la fe y en la esperanza: caridad para dirigirnos al Amor, fe para no perder la Luz que ilumina el Camino y esperanza para no olvidar que la Vida nos abre las puertas de su Ser. Cada cristiano es hoy una hoja de la Vid eterna: un miempro del Cuerpo de Dios, de la Iglesia: hay hojas que están en retoño, otras que llenas de verdor acompañan el fruto de buen vino y hay también hojas secas que se cayeron. A estas últimas les falta savia y se secan; les pasa la tormenta y las inclemencias del tiempo y terminan destruídas, lo poco de verde que conservan les es quitado por la hormiga y terminan casi vacías..., que no seamos como la hoja que cae de la parra, así podremos volver a Dios abonando el suelo fertil con nuestros sufrimientos y rechazando las sombras de la muerte con la voluntad firme de permanecer unidos a Cristo. ¡Pero qué bonita nueva parábola!, ¿no es cierto?. Jesús no vino a destruir a la humanidad, sino a restaurarla, y, como Él mismo dice en el Evangelio de hoy, fueron muchas las veces que quiso ver la respuesta de amistad de parte del hombre. No les quita la vida a los sumos sacerdotes, ni a los escribas, ni a los ancianos, sino que los llama a corregir su camino desviado, advirtiendo que el abismo les está acechando los pies, avisándoles que la hoja ha caído. Hoy a nosotros se nos presenta una oportunidad de recapitular en nuestras vidas o, también de recordarnos que las hojas, tarde o temprano caen, pero pueden "levantarse" de nuevo poniendo el sacrificio de la vida cotidiana en la Cruz, es decir, sin bajar los brazos abonamos con las caídas el suelo donde permanece la raíz de la vid, y así volver a ser parte de la verde planta que da mucho fruto. Las palabras bonitas, y el aroma romántico es algo que atrae por belleza, pero no hay belleza duradera en los campos de la vida; no, allí las batallas se continúan y la guerra aún no sabe de final alguno, porque no tiene ojos de eternidad. Tenemos que enfrentarnos a la vida del día a día, así, la vianda que le es útil al soldado de Dios no es una bella poesía únicamente, sino esa bella poesía y el plano para combatir las sombras que proyectamos o que vienen proyectadas de puntos oscuros externos. Ese plano es el alimento del Señor, la Eucaristía y la constancia de permanecer en la Iglesia de Cristo.
Los tiempos pasan, pero la voz del Señor no, por eso cada día y cada instante Jesús habla a cada hombre en todo tiempo. Ahora nos detenemos a pensar qué pasaba en aquella época en que Jesús hablaba en parábolas a los judíos, y encontramos que Cristo era escuchado y respetado por el pueblo pero era aborrecido por los que estaban encargados de presidir el culto. Y no es raro aún en estos días, que siendo cristianos seamos más salvajes que humanos, mientras conviven en la ciudad los que, sin conocer el Evangelio, están siguiendo con perseverancia la luz interior que Cristo puso en sus corazones. El que escribe puede decir de esto, porque sin haber conocido la Iglesia, cuando niño, el Señor me llamó a través de su Palabra. Podemos servir a Dios, pero la vida estar en tinieblas, y entonces no lo servimos, sino que nos engañamos a nosotros mismos, de hecho el que escribe ha vivido estas cosas y por ello sabe cómo combatir. Pero no nos detengamos a plasmar lo que es privado, sino sólo para que se entienda que entre humanos somos prójimos, y no hombres y ángeles. Todos pecamos, y algunos ángeles "cayeron". Los sumos sacerdotes, que escucharon del Señor esta parábola que hoy dice el pasaje evangélico, sólo pensaron en detener a Cristo, pero no lo hicieron en ese momento porque "tenían miedo de la multitud", no les convenía maltratar en ese lugar en ese momento y en esas circunstancias al Maestro. Notamos entonces que existe en ellos un "miedo" por el daño que puedan recibir de una "multitud", es decir, no hay ninguna forma de caridad en ellos, porque todo se resume al frío cálculo que opera según la situación. No hay relación de "pastor" y "rebaño", sino de poder-multitud que era lo que Jesús señalaba en otra parte para que los Apóstoles no sigan ese ejemplo. Los frutos de que habla la parábola son lo que los pastores de Cristo deben procurar a la Iglesia: no un bien personal, un status de poder, sino comunicar la Vida misma, porque es eso lo que Dios ha mandado. Este pasaje, entonces, nos llama a todos y a cada uno de los cristianos a pensar estas cosas y rever si en nosotros no hay algo que corregir, que seguro sí lo hay, pero debemos buscarlo con humildad y fe.
No miremos a Dios con ojos esquivos, sino como lo ve el salmista: "Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío". En este año de la Misericordia digamos con todo el corazón "Jesús, en vos confío" y aprendamos a entender las caídas como oportunidad para perseverar en la salud; las aflicciones como momentos donde buscar el fundamento de la vida en Dios, y así "ayudarlo" a cargar la Cruz. El que conoce a Jesús ve claro como el agua, y no rechaza tomar la mano del Maestro una vez más... Oremos por cada humano, por los cristianos y especialmente por los que están padeciendo los sufrimientos que conocemos y los que no conocemos.

domingo, 29 de mayo de 2016

Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo


+Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas
                                                                       Lc. 9, 11b-17

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser sanados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: "Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto". Él les respondió: "Denles de comer ustedes mismos". Pero ellos dijeron: "no tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente". Porque eran al rededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: "háganlos sentar en grupos de alrededor de cincuenta personas". Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.
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Los Apóstoles, preocupados por el alimento de la gente, pidieron a Cristo que despida a los congregados. Cristo había estado enseñando las cosas del Reino de Dios y sanando a los enfermos. El Señor enseña a las multitudes y sana sus dolencias, dando la dirección que deberán seguir los Doce y todos los sucesores luego. La dirección a seguir es el servicio: un servicio que no termina con la enseñanza, la predicación, sino que asiste al otro en sus necesidades concretas de la vida. El servicio es constante, como constante es la caridad, y "sin falta"; cotidianamente el cristiano comparte la vida con el prójimo ayudándolo a transitar el camino y ayudándose unos a otros llegarán a Dios.
Hoy tenemos el gran gozo de celebrar, en Argentina, la Solemnidad de Corpus Christi, o del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Nos llama el Evangelio a pensar en el alimento que nos fue dado: el propio Jesús se hace alimento eterno para el hombre. "Denles de comer ustedes mismos" es lo que les responde Cristo a los Doce cuando le piden que envíe a la asamblea a buscar alimento y albergue. El Señor pone así un vínculo entre la necesidad de alimento del pueblo y la preocupación de los Doce. Él les dirá que tomen ellos la tarea de alimentar a la multitud, y no sólo se refiere al alimento del simple trigo, sino a la donación de uno mismo: darse al otro y estar al servicio del otro será para los Apóstoles y sus sucesores una vocación que hace el propio Dios. Vemos cómo se prefigura la Iglesia, en este pasaje, Cristo que envía a sus doce Apóstoles a ocuparse de su pueblo, enseñandoles a partir el pan y a sanar las dolencias, los Doce que obedecen el mandato de Jesús y organizan la asamblea que es una pero se subdivide para poder hacer más eficiente la tarea de alimentarlos. Todo un hecho histórico bendito de simbolismo que explica lo que sucederá posteriormente y hasta nuestros días.
Servir al otro no es sólo comunicar el Evangelio, que es la tarea más importante que tiene el cristiano, sino también servir en las necesidades de un pueblo que necesita transitar la vida bajo el manto divino del Señor. El Cuerpo de Cristo que se nos da en la Eucaristía debe ser para nosotros alimento de vida eterna y sustento de hijos de Dios: así como Jesús alimentó al pueblo cristiano primitivo y les enseñó y estuvo sanando sus enfermedades, así nosotros debemos comulgar y atender las necesidades del otro, en la cotidianidad. Cuando en cada espíritu humano de hoy vibra la preocupación de ver hambre, soledad, injusticia, indigencia y todos los males que ya conocemos, hay una llamada interior a "hacer" nosotros mismos algo. Es un llamado escrito en el alma de cada hombre, cuánto más el corazón cristiano debe responder con presteza a ese llamado. Variadas formas, sí, son las que encontramos en el jardín de Dios entre los hombres, variadas formas de comunicar a Cristo de manera integral, que abarque todo rincón de vida. Cada católico conoce, o trabaja para conocer, de qué manera puede trabajar en el campo del Señor. Algunos tenemos herramientas para la oración y la escritura, otros tendrán elementos para la misión, habrá quienes enseñen en escuelas, quienes hagan ciencia para servir a la humanidad desde el amor a Dios y a los hombres, y así hay muchas formas de servicio. Lo importante es "Denles de comer ustedes mismos", porque nosotros ya fuimos alimentados con el Pan del Cielo, con Cristo, y conocemos la saciedad eterna aún estando en el tiempo. Hemos comulgado y comulgamos a la Vida, al Camino, a la Luz, al Verbo de Dios hecho hombre; llevemos el Evangelio a los demás.
A los que sufren hambre y enfermedad debemos asistir para saciarlos y sanarlos, pero no es la humana voluntad más que un instrumento de la voluntad de Dios sobre los hombres, por ello, nadie debe gloriarse de sí mismo, sino de la Cruz, de ser cristiano y de servir incansablemente tanto a la Iglesia como a la humanidad: eso es servir al prójimo. Muchos cantan en el alma como cantaba el salmista "Las lágrimas son mi pan noche y día, mientras todo el día me repiten: '¿Dónde está tu Dio?'", para ellos es este pan del cielo que no se acaba, que sacia a todos y aún llena doce canastas (canastas que son para los Doce, para que también se alimenten los que deben alimentar al pueblo de Dios, para que también tengan aún para alimentar a muchos más que ya vienen...). Miles de millones de personas, como arenas en el mar, incontables, aún, pueden ser los que necesiten, y sí, realmente necesitan ese pan de consuelo que sólo puede dar Jesús. Nosotros aprendemos a ser mejores cristianos a fuer de batallas libradas contra el mal: así sea en la lucha personal o combatiendo el cáncer siempre nuevo de las sociedades tenemos el arma de la Luz de Cristo que es blanca como nada que pueda compararse y da vista a los que están ciegos. Entonces, los que vivimos del Pan de Vida, del Señor escuchamos al otro cantar: "Recuerdo otros tiempos y mi alma desfallece de tristeza" o también "Cuando mi alma se acongoja te recuerdo". Tantos que se fueron pero siguen siendo de Cristo..., tantos que no están aún pero conocen a Dios en lo más profundo del espíritu. Pero no escuchan los que cantan tristes que Él entregó por nuestra salvación todo lo que tomó de nosotros. Es por ello que debemos alimentarnos de Cristo, porque él dio su cuerpo para salvarnos, murió por el pecado de los mortales y resucitó rescatando a la humanidad de la muerte, de manera que ya no perece el que sigue a Jesús. Pero seguir a Cristo consiste en librar una batalla en la que nos enfrentamos a la propia tendencia al mal, a la propia tendencia a autodestruiírnos: luchamos con la pereza, porque el servicio del que hablamos se queda trunco muchas veces, luchamos contra la gula, porque hacemos del alimento una finalidad y no un medio para seguir el camino, luchamos contra todos nuestros deseos impuros, contra las ganas de abandonar el sendero que lleva a Dios, y así luchamos...
El Cuerpo de Cristo nos alimenta con la Vida, con Él, con la vida eterna y con el Amor de los amores. y a todos los que transitamos esta vida llena de peligros que el adversario sabe disponer, tenemos la certeza de que llevamos en nosotros al Señor de los ejércitos, siempre vencedor, y la voz del Cristo dice "Al vencedor le daré del maná escondido y un nombre nuevo". Así, el maná escondido es el mismo Dios y el nombre nuevo es nuestra conversión activa, la que ejecuta la obra del Señor según la particular fortaleza y capacidad, que lleva a término el Evangelio expresado en el espíritu de cada hombre nuevo.
Para terminar esta reflexión debemos rezar por todos los que aún no se animan a comer del Pan de los ángeles, por todos los que comulgan el Cuerpo de Cristo y sirven a su Iglesia, especialmente por el Papa, debemos meditar hoy nuestra vida y determinar qué nos hace falta para unirnos más a Dios. Todo esto y buscar a Cristo en el otro, para recordar que el servicio consiste en donarse a sí mismo el cristiano donando a Cristo, el Señor.